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Desde hace un tiempo los movimientos animalistas en Colombia y el mundo vienen presionando las agendas políticas de quienes se lanzan a las corporaciones públicas y cargos de elección popular para que incluyan a los animales dentro de sus campañas, si es que ya éstos no se han proclamado como defensores de animales (y se supone los incluyan como centro de su propuesta).
Este fenómeno, que hasta hace poco constituía un acto esotérico y curioso para las grandes audiencias electorales, hoy es muy común y en Colombia no es raro entonces encontrar personas que, ante la ausencia de un ideario en la materia por parte de los partidos políticos, se lanzan a cargos y corporaciones con el aval de éstos, y a la vez como voceros del movimiento animalista, del animalismo o, incluso, de los animales mismos.
Más allá de saber si existe o no una doble militancia entre el partido que da el aval y el movimiento que otorga la vocería (y saber cómo se otorga dicha vocería), más allá de preguntarnos de dónde sale el ideario animalista de aquel o aquella que representa los intereses de un partido que jamás ha tenido en cuenta los animales o, incluso, más allá de seguirnos preguntando si existe o no el animalismo, qué es eso, y si por ende puede hablarse o no de movimiento animalista (con las implicaciones jurídicas que eso tiene)… la cuestión más urgente aquí es preguntarnos por quién votar, o mejor, cómo votar, si es que nos importa la suerte de los animales en el Congreso y el Gobierno de los próximos cuatro años en Colombia.
Para el electorado sensible al tema, ésta, por supuesto, ya no es una discusión menor. Los votos “animalistas” sólo representan una pequeña parte del caudal electoral que elige a un congresista, pero los votantes sensibilizados en la defensa animal (entre otras razones, por fenómenos mediáticos recientes que han visibilizado el tema) pueden ser muchos, tantos como para elegir un representante a la Cámara, fortalecer una campaña al Senado y, por qué no, inclinar la balanza en un momento clave para un candidato a la Presidencia.
Así que el voto por los animales no es ya una decisión ligera, y lo que está en juego, más que la sola elección de una persona idónea para trabajar por el tema, es la construcción de una legítima interlocución ciudadana con el próximo Congreso y Gobierno, es decir, la posibilidad de que los elegidos legislen y gobiernen de cara al interés de quienes los eligen para implementar una agenda seria por la defensa animal en Colombia, y no de espaldas a ella.
¿Cómo se logra eso?... Lo primero sería hacer que los elegibles, por supuesto honestamente presentados, se sientan comprometidos a proponer una agenda seria y completa. La defensa animal ya no es una costura política, y hay al menos diez temas, contando los más invisibles y polémicos (como los animales en la industria), en los que los candidatos deben lucir mínimo una postura informada. No deberíamos entregar nuestro voto a quienes ignoren diagnósticos e indicadores de nuestras realidades de maltrato, o no hayan investigado mínimo el ámbito jurídico o la experiencia de otros países en cada uno de esos temas. Preguntarles, obligarlos a informarse sobre eso, a participar en foros, debates, a investigar y aportar posibles soluciones reales y contundentes, es nuestra mínima responsabilidad como electores.
Lo segundo, es construir movimiento así sea localmente, alrededor de las agendas más sólidas. Ofrecer un concurso ciudadano calificado y organizado que aporte ideas, complemente el trabajo y así mismo verifique la implementación de las propuestas ofrecidas en campaña. Esto implica, obviamente, la consolidación de un consenso ciudadano similar, por ejemplo, al que trabajó con la alcaldía de Gustavo Petro en Bogotá. Si bien Petro no era un candidato con conciencia animalista, sí se dejó sensibilizar durante la etapa de campaña y en la alcaldía implementó los puntos con los cuales se había comprometido, sin estar claro, exento de dificultades. Pero la ciudadanía representada en el movimiento pudo aportar su experiencia a tiempo y destrabar, por ejemplo, procesos como el de la sustitución de vehículos de tracción animal en la ciudad.
Lo tercero, es convocar a la sociedad entera a volverse partícipe y garante de los procesos que son de todos (y con los recursos de todos). Si bien la protección animal se asocia sólo con grupos de personas que han expresado su gusto por los animales, es la ciudadanía en pleno la que debe gozar de su derecho de exigir transparencia y calidad en la ejecución de las obras en pro de los animales y en la ejecución de las partidas, como en cualquier otro tema administrativo. Pues es justamente la falta de visibilidad de los temas de protección animal la que ha dado pie, por ejemplo, a uno que otro de nuestros alcaldes locales de Bogotá (no elegidos popularmente), para dificultar la veeduría ciudadana sobre el uso de dineros públicos destinados a la protección de los animales, con la disculpa de su discrecionalidad en el gasto local. Tema que seguramente será argumento suficiente para exigir una reforma que permita igualmente elegir popularmente a alcaldes locales y realizarles la respectiva veeduría desde la época electoral.
Sin embargo, allí no cesa la responsabilidad de la sociedad en pro de los animales: es también tarea de todos exigir a los partidos políticos la construcción de líneas programáticas en defensa animal o bien, crear movimientos propios que contemplen a los animales como seres partícipes de derechos. Si los partidos existentes no se ponen a tono de un modelo de sociedad responsable, de esta manera, con el entorno y con los derechos de tercera generación de los colombianos, pues veremos entonces aquí el mismo fenómeno que se ha visto a nivel internacional: la creación de partidos animalistas, de alto perfil ciudadano, que lo resuelvan directamente, y que, de paso, eviten que a las próximas elecciones se presenten personas que no han venido trabajando con los partidos que representan, y que, por ende, les tengan que prestar sus idearios personales, para no desaprovechar una franja electoral que vota más con emoción que con inteligencia.
Cortesía Periódico Voces Animales
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